Para entrar en materia 

Cuando empezamos este viaje, sabíamos que nos iba a pasar de todo y de hecho eso era uno de nuestros objetivos. Además de aprobar el master y absorber las diferencias culturales de los países en los que estuviéramos, sabíamos que íbamos a vivir todo tipo de experiencias,  buenas, malas, regulares, divertidas…

En esta ocasión, vamos a contaros una experiencia que esperamos que no le pase a nadie, en especial a ningún viajero.

 

Empieza la historia 

Empecemos por el principio. Estábamos César y yo en la playa de la Riviera Nayarit, para ser más exactos en Sayulita, un pueblo a orillas del pacífico, disfrutando de la playa y de sus paisajes, de la comida y de la mejor sensación posible, tomarse una cerveza mirando al Pacífico. Como todos los otros, este sitio también tenía un final, y nos esperaba un autobús nocturno de 10 horas para llegar a nuestro siguiente destino, Querétaro. Allí veríamos a Jaime, un amigo de toda la vida de mi equipo de futbol.

Dejamos con mucha pena este pueblito hippie y nos fuimos hacia la estación de autobuses de Sayulita, donde cogimos un bus de línea hacia Puerto Vallarta, ciudad desde donde salíamos hacia Querétaro. Íbamos con el tiempo justo y había mucho trafico. En un trayecto que en condiciones normales habríamos hecho en 30-45 minutos, llevábamos ya más de una hora metidos en el autobús. Para los que no lo sepáis, llevamos dos mochilas cada uno: el macuto con la ropa y una mochila de viaje con todos nuestros aparatos electrónicos (cámaras, ordenadores y cargadores), pasaporte… Básicamente, cosas importantes para nuestro proyecto. Pensamos que el autobús nos dejaría en la estación de autobuses pero cuando fui a preguntar, nos habíamos pasado. El conductor, con toda la calma del mundo, me mira y me dice ¨Amigo, se pasó y deben correr porque están a un buen trecho de la estación. Corran y agarren un bus dirección la terminal de autobuses del otro lado de la carretera, corran.¨ 

El punto clave 

Le hicimos caso, bajamos a toda prisa del autobús, cruzamos la calle y cuando íbamos a coger el autobús que nos había dicho, noté que llevaba menos peso en la espalda, miré y… (empieza el momentazo): ME HABÍA DEJADO LA MOCHILA DE VIAJE EN EL AUTOBÚS. Entré en pánico, empecé a dar vueltas, no sabía qué hacer, me pasaban millones de ideas por la cabeza, pero no daba con la correcta. Ir en busca del autobús corriendo, coger un taxi y buscarlo, dar la mochila por perdida… Pensaba en lo más probable, una mochila así en pocas ciudades la dejas escapar. César intentaba calmarme, diciéndome que la íbamos a encontrar, pero que teníamos que tomar una decisión porque el tiempo iba en nuestra contra. Cuanto más tardásemos, menos posibilidades de encontrar la mochila tendríamos y más posibilidades de perder nuestro bus a Querétaro. Antes de tomar la decisión, César me preguntó qué llevaba en la mochila. Empecé a pensar: el iPad, el ordenador… Pero lo que más rabia me dio fue el momento en el que me di cuenta de que en esa mochila llevaba el pasaporte. Los otros objetos, eran sólo eso, objetos materiales que se podían substituir con más facilidad. Y con eso no quiero decir que me diesen igual, porque estaba furioso, me sentía frustrado, un desastre… Pero el pasaporte, teniendo al cabo de pocos días un avión para Colombia… Uf no podía dejar de pensar en el pasaporte, en cambiar el viaje. Ya no podíamos ir a Querétaro, me tendría que ir a Ciudad de México, a la embajada Española a pedir un duplicado. Con lo cuadriculado y bien planeado que me gusta tener las cosas, me daba vueltas la cabeza.

La decision 

Pero tocó tomar la decisión, decidimos ir a la terminal de autobuses de Puerto Vallarta, usar el Wifi y llamar a la compañía de autobuses. Todo salía mal. Recordaréis haber leído que algo que nos había gustado mucho de México era la amabilidad de la gente y su capacidad para ayudar. Pues esta vez nos encontramos con los mexicanos mas antipáticos del mundo. Pero vayamos por partes. Conseguí, después de muchos intentos, que me cogiesen el teléfono los de la compañía, pero era domingo por la noche, la señora se quería ir a su casa y me dijo que no me podía ayudar. En la estación de autobuses, uno supone que conocerán o deberían conocer todo tipo de compañías de transportes, teléfonos de contacto, etc. Pues nada, parecía que hablábamos en chino. Después de contarle toda la historia a otra señora que trabajaba en Primera Plus, una de las mejores compañías de autobuses de México, nos dijo que estábamos molestando. En fin, intenté localizar la mochila a través de mi ordenador y iPad, con el sistema de buscar dispositivos Apple, pero no funcionaba. Todos los intentos eran en vano. Me di por vencido, asumí que había perdido la mochila y nos fuimos al autobús. Metimos las maletas en el maletero y Cesar me dijo ¨Sergio, última oportunidad, si quieres nos quedamos y nos pasamos toda la noche buscando la mochila¨. Yo le fui sincero, ya la había dado por perdida y además México es un país muy bonito pero no es demasiado seguro, no sabia hasta qué punto merecía la pena jugársela por la mochila. Él me volvió a insistir. Como ultima opción, se me ocurrió llamar a la chica que nos había hospedado en Sayulita, le conté la historia y me dijo “Sé cómo son los conductores de aquí, si no la ha cogido nadie y él la encuentra, la guardará. Me alegró tanto escuchar eso… No dijo mucho, pero lo suficiente para armarnos de valor, coger las maletas del maletero, perder el autobús e ir en busca de la mochila. 

El taxista y el conductor del autobús

Ya no había vuelta atrás, solo quedaba luchar para encontrarla. Cogimos un taxi. Cesar le estuvo estudiando, parecía un tipo simpático, dispuesto a ayudarnos. Y efectivamente, habíamos dado con la persona adecuada. Después de contarle mi problema, nos dijo que nos iba a ayudar a encontrarla. 

El autobús donde viajaba mi querida mochila era circular, salía de Sayulita hacia Puerto Vallarta y luego volvía a Sayulita. Antes de comenzar el siguiente viaje, el conductor del taxi nos contó que suelen pararse en una zona, a la que nos dirigíamos, para limpiar los autobuses y que sí había alguna posibilidad de encontrarla era allí. Para asegurarse, durante el trayecto nos dijo que estuviésemos atentos para ver si con mucha suerte localizábamos nuestro autobús, el numero 552 (no se me olvidará en la vida). No veíamos nada y nos acercábamos a la zona donde los limpian. Durante el trayecto nos encontramos un autobús de la misma compañía, el taxista lo paró y le preguntó si sabia cual era la zona donde limpiaban sus autobuses. Su respuesta fue fulminante: ya no los limpiaban, no paraban a descansar, volvían a salir hacia Sayulita sin parar. Eso acabó con las mínimas esperanzas que tenía de encontrar la mochila. El taxista no se rindió y me hizo bajar del coche para contarle la historia al autobusero, para ver si él nos podía ayudar de otra manera. Hablé con él y le conté la historia. Él me preguntó el numero de autobús y al decírselo me dijo “Espere un momento, güero!” Conocía al conductor del autobús donde estaba mi ansiada mochila. Así que llamó, pero el otro no cogía el teléfono… Se le veía con prisa, me dio su teléfono para que intentase localizarle yo. Justo antes de bajarme del autobús, le sonó el teléfono y me dijo que era él. Os podéis imaginar mi cara… La conversación era surrealista, me recordó a mi padre hablando por teléfono, no llegaban a ninguna conclusión, con lo fácil que era preguntar si había una mochila negra! Yo ya no sabia si llorar, reír o qué hacer. Al final me miró y me dijo muy serio ¨Güero, tiene su mochila, llámele.” Me bajé del autobús y no sabia cómo reaccionar, seguía en shock, tenía localizada mi mochila, qué alegría! Pero todavía quedaba mucho para poder recuperarla. Lo primero era cargar la tarjeta SIM con datos para poder hacer llamadas. El taxista nos acercó a un Oxxo, un supermercado donde se puede encontrar de todo y por supuesto recargar datos. Por fin hablé con él, que riéndose me dijo “No abriré la mochila güero, pero lleva un muerto, cómo pesa!” Pensé, “el ordenador esta a salvo!”. 

Casi todo bajo control

Él se encontraba a media hora de Puerto Vallarta dirección Sayulita, así que tenímos que esperar a qué acabase ese viaje y en su retorno a Puerto Vallarta, encontrarle para que me entregase la mochila. Serian las 21:30 y me dijo que volvería sobre las 00:00, tocaba esperar. El taxista se ofreció en ir a su busca pero le dijimos que no, que perderíamos tiempo y dinero, así que nos llevó de vuelta a la estación de trenes, le pagamos 10 euros, lo que nos pidió, le di un abrazo, millones de gracias y nos pusimos a resolver otro problema: qué hacer en ese rato. Estábamos sin destino, sin saber a donde ir. Para ir a Querétaro teníamos que esperar al día siguiente, pues solo había autobuses nocturnos. Nos pusimos a pensar y vimos la posibilidad de ir a Guadalajara, a casa de mi amiga Andrea, y a la mañana siguiente coger un autobús dirección Querétaro. Eso significaba más dinero, y ya habíamos perdido 50 euros cada uno por el autobús perdido. Volvimos a enfrentarnos a la señora que nos había dicho que estábamos molestando. Yo no tenia cuerpo para discutir, así que Cesar pidió hablar con el encargado y consiguió que por solo 13 euros fuésemos a los dos destinos, Guadalajara y Querétaro. 

Otro problema solucionado, solo faltaba que me diesen la mochila. Para matar el tiempo, Cesar se fue a comprar unas tacos. Yo no tenia hambre, solo esperaba ansiosamente que el reloj marcase las 00:00.

Final deseado 

Eran las 23:30 y no tenía noticias del conductor. Le llame y no me respondió. Pensé “después de todo esto, no puede ser que me quede a las puertas”. Esperé y me devolvió la llamada.

¨Güero! Estaba en una zona de curvas, no se preocupe que no me escapé con la mochila, llegare un poco antes, a las 23:45 en el punto de encuentro.” Estaba a 5 minutos andando de la estación. 

Cogí 20 euros y me dirigí al punto. Pasaron 3 autobuses y nada, un cuarto y tampoco… Eran ya casi las 00:00 y a lo lejos vi el autobús numero 552. No me lo podía creer, no cabía en mi de la emoción. El autobús paró, se abrió la puerta y allí estaba MI MOCHILA. Se lo agradecí millones de veces, le di un abrazo y le intenté dar los 20 euros como agradecimiento, pero no me los aceptó. Yo le insistí y todavía me dijo que si se los volvía a ofrecer se iba con mi mochila. Me la puse a la espalda y cuando iba a salir del autobús me gritó ¨Güero! Pero revisa a ver si tienes todo.” Abrí la mochila y estaba todo, también mi querido pasaporte. 

Ya se iba a lo lejos el autobús, cuando empecé a correr de felicidad hacia la estación con mi mochila. Le di un abrazo a Cesar, lo habíamos conseguido, sin su ayuda hubiese sido imposible. Me bajó todo de golpe, no podía soltar la mochila, no sabia que hacer, empecé a tener muchísima hambre y devoré una bolsa de patatas, dos barritas de cereales, una manzana…

Escribo esto desde el autobús de camino a Guadalajara, parada antes de llegar a Querétaro. 

Estas son las experiencias que nadie quiere vivir y que deseamos que no viváis, pero sabemos que para que este viaje nos sirva de verdad y nos enseñe como queremos, nos deben pasar cosas así. Cosas malas, cosas menos malas y cosas buenas. Situaciones que nos hagan estar con todos nuestros sentidos activados y que nos hagan tener la capacidad de saber actuar y sobre todo de tomar decisiones, que es lo más importante. Nunca sabremos en el momento si será la correcta, pero si la tomamos tendremos la oportunidad de comprobarlo. 

Nos dejas tu comentario? ツ

About The Author

Close